El coste de la muerte

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Queridos lectores,

Hace unos días, al hilo de unas reflexiones compartidas con Pedro Prieto y otros interlocutores sobre el ascenso del partido de Beppe Grillo y sus personales posiciones en temas tan diversos como el peak oil, los chemtrails y las conjuras de la gran industria farmacéutica, Pedro sacó a colación un tema importante: el coste de la muerte en la sociedad occidental. Más allá de la visión conspiranoica y los grandes planes malvados de un Dr. No en la sombra, la realidad contaminante, degradada y depravada de la sociedad industrial lleva a una doble perversa vertiente. Por un lado, la degradación y agresión a nuestro medio ambiente nos ataca a nosotros mismos, que nos vemos sometidos a la nociva influencia de miles de sustancias tóxicas catalogadas y otros miles sin catalogar, con lo que se desarrollan patologías que antiguamente eran impensables (aunque el aumento de la esperanza de vida también tiene mucho que ver con eso). Por otro lado, la sobreespecialización médica y el gigantismo de la industria farmacéutica han convertido la enfermedad en un modo de vida y hasta en un negocio, y eso hace que en algunos casos se gasten grandes sumas en terapias que tienen más de encarnizamiento terapéutico que de verdadera mejora de la calidad de vida, más allá de la mera esperanza de vida (y eso hace que mucha gente mayor o terminal le tenga verdadero terror a ir al hospital, por miedo a que se les queden).

No deja de ser significativo que, en esta época en la que los recortes sociales se dejan sentir con fuerza, uno de los sectores donde se haya recortado más sea, justamente, el de la salud. Los Estados occidentales invierten porcentajes considerables de su presupuesto -generalmente entre un 10 y un 20%- en los servicios de salud pública, a los que hay que añadir un porcentaje adicional que se gastan los ciudadanos con suficientes recursos en sanidad privada, que es mayor que el gasto público en el caso de algunos países como los Estados Unidos. Sin embargo, los recortes tienden a situarse en las actuaciones más básicas de salud, especialmente en la atención primaria y en las pruebas diagnósticas básicas, y en menor medida en proporción sobre aquellos tratamientos más especializados, particularmente en el caso de la sanidad privada. No debe esto extrañar pues desde un punto de vista empresarial muchos de estos tratamientos hiperespecializados tienen mayor valor añadido, ya que implican el uso de especialistas más formados, equipamiento más sofisticados, medicamentos más caros y facturas más abultadas.

Las actuaciones de medicina primaria tienen por su propia concepción una naturaleza más preventiva y de control, es decir, más continuada en el tiempo, que las de medicina hospitalaria, que suelen centrarse más en los problemas de salud críticos, con una duración limitada en el tiempo. La inversión en medicina primaria es, por tanto, más extensiva en centros y facultativos, en tanto que la de medicina hospitalaria es más intensiva (menos pero más especializados y potentes). Es por ello que el volumen invertido en medicina primaria suele ser considerable y tentador para los recortes cuando la sociedad comienza su declive. Sin embargo, la inversión en medicina primaria tiene un impacto muy significativo en la esperanza de vida y, más importante, en su calidad. En esto, como en muchos problemas con implicaciones económicas considerables, hay muchos estudios que apuntan en direcciones a veces contradictorias, sobre todo porque es muy difícil comparar con un “estado cero” en el que no hubiera asistencia primaria y sí hospitalaria o viceversa. Sea como sea, la discusión de la importancia relativa de la medicina primaria y hospitalaria es un tanto bizantina, ya que obviamente lo ideal es conservar ambas y que sean gestionadas con realismo. Como comentaba Pedro, quizá sea mejor mantener un ambulatorio de ámbito rural que tener helicópteros medicalizados, puestos a escoger, o no apostar por terapias muy costosas que alargan marginalmente la vida ya dilatada de algunas personas y en su lugar ser capaz de dar mejor cobertura a patologías críticas más comunes.

Es éste un debate difícil y nada agradable: quien más y quien menos se ha visto en la tesitura de perder a un ser querido, y obviamente dados los sentimientos implicados cualquier tiempo que se pueda prolongar su estancia con nosotros es insuficiente. Además, ninguno de nosotros tiene el derecho de decidir sobre la vida o la muerte de otros seres humanos, y siempre será cuestionable la legitimidad de no prolongar la vida de una persona si se tienen medios para ello. Y, sin embargo, debemos ser conscientes de que la vida tiene un límite, y que justamente ahora que los límites del planeta, en cuanto a recursos y capacidad del hábitat, se hacen más evidentes, también se hace cada vez más obvio que no podremos extender indefinidamente la vida de las personas y que, peor aún, la merma de recursos conllevará una disminución de nuestra capacidad y calidad asistencial sanitaria.

Está, además, la cuestión de la solidaridad. Y ya no se trata de la diatriba clásica a la que todo el mundo en Occidente está más o menos insensibilizado: que con lo que cuesta, en dinero y recursos, hacer un determinado tratamiento de quimioterapia para prolongar la vida de una persona de edad avanzada un par de años se podría evitar que la malaria segase la vida de varios miles de niños, por ejemplo (no me estoy equivocando en los números: compruebe lo que vale la vacuna de la malaria y lo que vale un tratamiento de quimioterapia tipo). Ahora ya no se trata de una competencia entre países, sino dentro de cada país, en una manifestación más de La Gran Exclusión. Y a pesar de la dureza del debate y de su carga emocional, es preciso más que nunca cargarse de razón y organizar correctamente el descenso del sistema de salud pública como un sistema más de nuestra sociedad cuya capacidad tendrá que redimensionarse. Resulta fundamental el mantenimiento de actuaciones que mejoran mucho la esperanza de vida, su calidad y reducen la morbilidad, como por ejemplo los tratamientos de las infecciones comunes o la asistencia al parto, e intentar mantener tantas funciones como sea posible en función de los recursos disponibles. Todo un reto. La alternativa es caer en una situación de sálvese quien pueda y descomposición social como la que se vive hoy en Grecia, donde algunos hospitales se niegan a atender partos si la paciente no podrá pagar. Debemos pensar seriamente a qué tipo de sociedad nos lleva eso. Y en ese particular les recomiendo vivamente la carta de despedida de Ramón Fernández Durán, en la que explica cómo por coherencia decidió abandonar la quimioterapia. Destaco particularmente este extracto copiado de la web Crisis Energética.

“No me gustaría cerrar esta carta sin apuntar una meditación sobre mi capacidad de sobrevivir estos últimos años, y en especial estos últimos meses, que se deben en muy gran medida a la existencia de esta Sociedad Hipertecnológica. Sin ella, lo más probable es que yo ya no estaría aquí. Y yo que soy un crítico de la Sociedad Hipertecnólogica, sobre todo de su insostenibilidad en el medio y largo plazo, quiero resaltar esta contradicción que vivo. Y también cómo mi supervivencia diaria depende de generar una cantidad muy considerable de residuos, pues si ya el “ciudadano medio” en nuestra sociedad del Usar y Tirar genera cada vez una mayor cantidad de desechos, en el caso de un enfermo como yo ese volumen se multiplica aún más. Cuando estaba en el hospital observaba con asombro la cantidad de residuos que allí se generaban. Una verdadera desmesura. Y pensaba si no sería posible tratar las enfermedades que nos asolan con menos despilfarro, utilizando un menor flujo energético y sobre todo una tecnología más sencilla. Pero la medicina oficial actual es un pivote muy importante de esa Sociedad Hipertecnológica, y ha hecho posible una reducción de la mortalidad, sobre todo de los mayores con enfermedades graves o crónicas, pero a coste de un gran uso de recursos, un consumo energético elevado, y una tecnología muy sofisticada. Todo lo cual no podrá darse en el futuro. Además, como apunto en el texto, la expansión hasta ahora imparable demográfica mundial, se frenará en seco cuando se inicie el declive energético, la Quiebra del Capitalismo Global y el colapso de la Sociedad Industrial, empezando muy probablemente un brusco descenso demográfico. Es por eso por lo que abogo por impulsar desde ya un debate sobre cómo controlamos de la forma más justa y equitativa posible la actual explosión demográfica y la caída consiguiente. Y ahí me veo yo, que he podido sobrevivir un tiempo adicional por la propia existencia de esta Sociedad Hipertecnológica, aparte de por un sistema público de salud que todavía funciona relativamente bien en el caso español. Bueno, pues esta reflexión, y todas las contradicciones que implica, también me rondaban por la cabeza en el hospital cuando tomé mi decisión. En definitiva, con mi decisión pretendo dejar de ser no sólo un consumidor in crescendo de cuidados proporcionados por otros, sino también un consumidor de recursos, energía y tecnología que solo son posibles en los espacios centrales de un Capitalismo Global crecientemente desigual, que va tocando a su fin.”

Aceptémoslo: no podemos vivir para siempre. Lo cual, según se mire, acaba siendo una bendición desde el punto de vista de la gestión de los recursos: no podemos consumir para siempre. El problema está en quienes quieren traficar con esto; pero también en aquéllos que creen que eliminar otros seres humanos es la solución para poder ellos mantener un consumo desaforado y sin sentido. Mas que nunca ahora tenemos que ser humanos y humanitarios.

Salu2,
AMT

Visto en crashoil.blogspot.com.es/

por Fernando Valdepeñas COG Editor

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