Sumar o desaparecer: los cinturones hortícolas

En dos generaciones, centenares de miles de compatriotas pasaron de tener un gallinero y una huertita en el fondo, a ver pollos vivos sólo en dibujos o comprar tomates producidos a 1.000 kilómetros de distancia.

Sobre los gallineros avanzó un ejército combinado, formado por la industria cada vez más concentrada y cierta mal definida y aplicada vocación de funcionarios reglamentaristas, que vetan la caca de gallina en el fondo y no la de perro en la vereda.

Sobre las huertas, a su vez, actuó la movilidad social y el triste rasgo cultural argentino de estos tiempos, que valora cuidar el físico a través de la masiva participación en cada vez más frecuentes maratones, pero considera de carácter inferior tomar una azada y preparar un surquito de lechuga. A pesar de los esfuerzos de décadas de organismos como el ProHuerta, del Inta, la proporción de producción casera de frutas y hortalizas ha ido en constante retroceso. Es hoy inimaginable ver aquí huertas como en las plazas de Toronto o Caracas; ni qué decir de las huertas comunitarias de las afueras de cualquier ciudad holandesa. O más simple: en cualquier casa de la Toscana italiana.

La horticultura es aquí y ahora básicamente un negocio, disputado entre algunos cinturones hortícolas de grandes ciudades, donde los protagonistas son de manera muy dominante miembros de la comunidad boliviana, y producciones industriales que crecen a semejanza de las californianas, en Corrientes o Salta o Mendoza. Ese escenario totalmente desregulado, donde el mercado ordena las relaciones de fuerza, ya se llevó puestos a los pequeños productores de citrus de Entre Ríos o tiene contra las cuerdas a sus equivalentes de banana en Formosa y tantos otros.

Como principio básico de recuperación de una relación positiva con la tierra, cada ciudad debiera tener un cinturón hortícola, que aporte toda la fruta y verdura de estación que allí se consuma. Pocas imágenes de un ámbito de economía social (producir con las necesidades como prioridad) serían superiores a ésta.

Sin abandonar la ilusión de las huertas colectivas, con cada uno de nosotros a cargo de su propio pedacito de suelo, pero sin intentar alcanzar utopías por decreto, si no paso a paso, un cinturón hortícola necesita que se promueva, respete y dé sustentabilidad a quienes dediquen su trabajo central a esta producción.

Esto implica asegurar la reducción al mínimo y la futura desaparición de las plagas de intermediarios que ocupan el sector, más dañinas que muchos insectos o roedores que atacan las verduras. La condición para ello es que se establezca el derecho a la presencia directa de grupos de productores en todos los mercados concentradores en operación, asegurada por la colaboración estatal, si ella es necesaria. Además, para las ciudades donde el espacio de producción hortícola sea masivamente accesible, o sea, las ciudades medianas y pequeñas, se debería promover con energía la reproducción de una práctica vigente hace muchos años en todo el territorio norteamericano: la producción financiada por la comunidad. Las Community Suported Agriculture (CSA) son organizaciones donde los consumidores pagan a los huerteros una cuota por adelantado, para tener derecho luego a recibir producto o directamente a seleccionarlo de la huerta y llevarlo a su casa. Estos grupos, que existen ya por miles, son ejemplo concreto de una actividad económica rentable y sustentable, al servicio de las necesidades básicas.

Para todos aquellos ciudadanos o funcionarios preocupados por la inflación y que quieran verificar en la práctica si ella queda determinada por la cantidad de circulante o por el abuso de posiciones dominantes, esquemas como los descritos son una oportunidad de convencerse de que el segundo aspecto es de alto peso en la economía actual. Si los productores estuvieran en los mercados centrales o los consumidores accedieran a las huertas, veríamos bajar los precios finales abruptamente, para beneficio de unos y otros.

Para los productores que hoy pelean en condiciones de desventaja notoria con la agricultura industrial y los intermediarios, el agrupamiento, la planificación conjunta de siembras y la intervención en la comercialización han pasado a ser condición de supervivencia. Ya no queda mucho tiempo.

Para el conjunto de los ciudadanos hay una chance de recuperar el placer de apretar un terrón de tierra húmeda, de rozar una planta de tomate o de albahaca y percibir el fresco aroma que te invade.

Para una política pública que respete la equidad y la inclusión, hay aquí, a la vez, una asignatura pendiente y una hermosa oportunidad.

Por Enrique Martínez

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